La tierra de la abundancia

La llegada de variedades más productivas podría aliviar la situación de la selva, que se ha venido sacrificando para convertirla en tierras agrícolas. Sin embargo, otra de las formas en que Brasil ha conseguido ralentizar la deforestación ha sido un uso más eficaz de la tierra que ya se ha sacrificado. Los productores de soja fueron los primeros en comprometerse a proteger el Amazonas, como resultado de las presiones de los consumidores y los grupos ecologistas como Greenpeace.

La tierra de la abundancia

Hace cuatro años, los principales exportadores establecieron una moratoria consensuada sobre la soja plantada en tierras que habían sido deforestadas después de julio de 2006. Su cumplimiento se controla por satélite y, según Greenpeace, el pacto ha ayudado a reducir las infracciones más flagrantes. Gracias a la presión de los grupos ecologistas, el año pasado se consiguió una promesa similar por parte de los principales mataderos, que se comprometieron a realizar un seguimiento de sus proveedores directos antes de noviembre de 2010 para garantizar que la carne de vaca no procede de tierras recientemente deforestadas.

Para aumentar la producción sin sacrificar las selvas, los investigadores brasileños deben controlar el uso actual de la tierra. “Todo empieza con los mapas”, afirma Paulo Adario, que se encarga de la campaña de Greenpeace en favor del Amazonas, en la que trabaja junto a las empresas del sector para analizar las imágenes tomadas por satélite. La organización también lleva a cabo vuelos de control sobre terrenos sospechosos, algo que las agencias públicas a menudo no pueden hacer por falta de recursos. Según afirma Adario, “ninguna política medioambiental puede funcionar si no se controla primero el uso de la tierra”.

El equipo de Batistella en Embrapa está llevando a cabo varios estudios que analizan los datos de los satélites para extraer información sobre el uso de la tierra. En uno de ellos, los investigadores están diseñando formas de evaluar la actividad fotosintética y determinar la cantidad de cultivos plantados y eliminados cada año. El objetivo es identificar de forma más sencilla tierras que ya se destinan a fines agrícolas y en las que se pueden aplicar políticas para aumentar la producción.

Los pastos son con diferencia los que tienen un mayor margen de mejora de la producción. En Brasil, estas tierras se extienden a lo largo de más de 200 millones de hectáreas, casi una cuarta parte del país, lo que equivale a tres veces el tamaño de Francia. Los granjeros brasileños sólo poseen un promedio de una vaca por hectárea de tierra, pero muchos pastos, bien gestionados y con una producción de hierba mayor, cuentan con tres, cuatro o incluso cinco vacas por hectárea. La situación está mejorando poco a poco: en la última década, los pastos en la región del Amazonas han aumentado un 30% y el ganado ha crecido en un 80%.

Luís Barioni, científico agrícola en Embrapa, ha llevado a cabo un estudio, aún no publicado, que sugiere que Brasil tendría que doblar la productividad de los pastos entre 2010 y 2030 para hacer frente a la demanda futura sin deforestar más bosques. Según Sergio Salles, economista experto en agricultura de la Universidad Pública de Campinas (UNICAMP), las cifras indican que esto es absolutamente factible.

Reducir los pastos a la mitad manteniendo la cantidad de ganado, lo cual es posible desde el punto de vista técnico, liberaría suficiente tierra para doblar la producción de semillas, “sin tener que talar un solo árbol”, apunta.

En un contexto más amplio, con el fin de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y de aumentar la productividad agrícola, el gobierno ha creado un programa dotado con 1.500 millones de euros que, entre otras cosas, tiene por objetivo mejorar en la próxima década las condiciones de 15 millones de hectáreas de pastos degradados. Otro de sus objetivos es ampliar los sistemas rotatorios de cultivos y ganado en 4 millones de hectáreas en ese mismo período; las investigaciones apuntan a que dichos sistemas pueden mejorar los suelos, logrando un aumento de la producción de cultivos y pastos para el ganado.

Se necesitarán nuevos incentivos para conseguir que los agricultores adopten dichos sistemas. Según Arnaldo Carneiro, asesor científico de la Secretaría de Asuntos Estratégicos, organismo público a cargo de la planificación a largo plazo, “los bancos siempre han estado detrás de la deforestación en Brasil y la idea es cambiar esa lógica”. En lugar de financiar la deforestación, afirma, los bancos podrían ofrecer descuentos para pagar mejoras en la tierra, tales como la fertilización de los suelos, la plantación de nuevas hierbas o la rotación de los cultivos en los pastos. En la actualidad, la Secretaría está estudiando diferentes políticas de “deforestación cero” y sus consecuencias para la agricultura.

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